traducciones


Algunas obras que he traducido.

I’m Done Waiting for You, Moy,” by Raúl Dorantes (original: “Ya no te espero, Moy“)

Opinión discrepante sobre Kafka” por Edmund Wilson (original: “A Dissenting Opinion on Kafka” 1947)

La economía del trabajo infantil“, por Kaushik Basu


Richard Rodriguez, en traducción

Richard Rodriguez me cuenta que, en un viaje que hizo a México, Enrique Krauze le confió que, durante la época de Vuelta, Octavio Paz había llevado a las oficinas de la revista varias copias de Days of Obligation: An Argument with My Mexican Father. De acuerdo con Krauze, Paz había expresado su admiración por este, el segundo libro de Rodriguez, diciendo que “por fin” un mexicoamericano había comprendido bien a México. La intención de Paz era traducir para Vuelta fragmentos de ese libro.

En una conversación que recientemente tuve con él, Rodriguez se lamentaba de que, después de la muerte de Paz, nadie en México hubiera mostrado interés alguno en su obra. Cosa rara teniendo en cuenta que autores de la talla de Joyce Carol Oates y Lewis H. Lapham, entre otros, han incluido a Rodriguez entre los mejores prosistas estadounidenses de la actualidad. Con actitud característicamente mexicana, Rodriguez se ríe de su suerte y me dice: estoy condenado a existir en una sola lengua. La presente traducción, que corresponde al último capítulo del libro en cuestión, es una tentativa de mostrarle lo contrario.

Nada dura cien años

Traducción de José Ángel N.

Un mesero se inclinó. El comedor estaba inundado de luz. Vi a mi madre sentada sola en una mesa cerca de la ventana.

¿Dónde está Papá?

Volteé y vi a mi padre entrar al comedor. Se ajustó la corbata con la mano. En sus labios se adivinaba no sé qué placer.

Se había levantado temprano. Había ido a dar un paseo. Había ido a la iglesia de los frailes capuchinos en la Via Veneto. Recordé la iglesia –el monje murmurando mientras una moneda caía– y, varios pisos más abajo, la cosecha de cráneos.

Llevaba años imaginándome este viaje con mis padres. Muchos años nos separaban de Sacramento. Estábamos en Roma, en el Hotel Edén. El viaje –este grand tour– sería prueba de mi madurez, de mi sofisticación, de la facilidad con que me muevo en el mundo. Este debía haber sido el gran logro de nuestras vidas, una especie de anticielo. Mi padre debía estar impresionado.

Pero nada –ninguna obra de Miguel Ángel, de Bernini, ninguna catedral, fuente ni plaza– pudo reavivar el entusiasmo en los ojos de mi padre como aquellas mezquinas catacumbas que había encontrado por sí solo. Había visto las cosas en su estado último. Había confirmado su valoración de la naturaleza. Estaba satisfecho.

***

Nací en 1632, en la ciudad de York, de una buena familia, aunque no de la región, pues mi padre era un extranjero de Brema… Me pusieron Robinson Kreutznaer. Mas, por la habitual alteración de las palabras que se hace en Inglaterra, ahora nos llaman y nosotros también nos llamamos y escribimos nuestro nombre ‘Crusoe’…

Como yo era el tercer hijo de la familia y no me había educado en ningún oficio, desde muy pequeño me pasaba la vida divagando. Mi padre, un hombre prudente y discreto, me dio sabios y excelentes consejos para disuadirme de llevar a cabo lo que, él adivinaba, era mi proyecto.

Una vez, cuando yo tenía catorce años y él cincuenta y mientras pulíamos nuestro DeSoto azul, mi padre y yo jugamos con el tema que alguna vez había destruido a Europa: sur y norte, católicos contra protestantes.

“La vida es más difícil de lo que te imaginas, muchacho”.

“Tú estás pensando en México, Papá”.

“Ya verás”.

***

Llegamos una tarde de verano en un viejo coche negro. Las calles eran arcadas de olmos. Las casas estaban pintadas de blanco. El horizonte era una planicie.

En los mapas, la ciudad de Sacramento, California, yace aproximadamente a unos 800 kilómetros de la plisada falda de México. Crecer en Sacramento me enseñó que la distancia entre ambos países era mucho mayor que la que cualquier mapa pudiera señalar. Pero esa distancia también podía ser proximidad, como las máscaras pintadas sobre la pantalla del cine Alhambra que representan la comedia y la tragedia.

Mis padres provenían de pueblos mexicanos donde las campanas sonaban a una hora de distancia de los relojes de California. Yo nací en San Francisco. Fui el tercero de cuatro hijos.

Cuando mi hermano mayor contrajo asma, los doctores nos recomendaron un clima más seco. Nos mudamos a Sacramento, a unos 160 kilómetros al interior de California.

Sacramento era una ciudad de viejecitas: “la Capital Mundial de las Camelias”. Las viejecitas en vestidos de verano eran las emperatrices de las aceras. Como si fuera parte de una receta, en Sacramento la naturaleza se entregaba a través de un filtro, a través de los mosquiteros de ventanas y puertas. Durante esas interminables tardes, mi madre cerraba las ventanas y bajaba las persianas del extremo oeste de la casa, “para evitar que entrara el calor”.

Mi padre odiaba la ciudad de Sacramento. A él le gustaban las ventanas abiertas. Cuando nos alejamos del océano, mi padre perdió la audición de un oído.

No pasó mucho tiempo antes de que las camelias de mi madre engordaran y adquirieran un aspecto ceroso, como el resto de las flores de nuestra calle. Mi madre les torcía el tallo y hacía que las flores rosas flotaran en tazones.

Es gracias a mi madre que ha habido movimiento y cambio en mi vida. En un periodo de diez años después de haber llegado a Sacramento habíamos saltado de un estrato sociológico a otro, y de casa en casa en casa –la siguiente siempre más grande que la anterior– y siempre permanecimos en la zona este de la ciudad. Para cuando entré a la preparatoria, vivíamos en la calle “Eye”, en una casa de dos pisos. Teníamos dos coches y un aparato Silverstone que era una combinación de televisor y estéreo. Mi cuarto estaba en la copa de los árboles.

No me engaño. Atesoro nuestra fabulosa mitología. Mi padre se dedica a fabricar dientes falsos. Mi padre recibió tres años de educación primaria en México. Mi madre tiene un diploma de preparatoria de Estados Unidos. Mi madre teclea ochenta palabras por minuto. Mi madre trabaja en la oficina del gobernador donde las paredes están pintadas de verde. El gobernador es Edmund G. “Pat” Brown. Gente famosa desfila por el escritorio de mi madre. El jefe del Tribunal de Justicia, Earl Warren, pasa y la saluda casualmente.

Los domingos, después de misa, mi madre regresa a casa, se quita los zapatos de tacón alto, levanta la tapa del estéreo de caoba y pone tres álbumes mexicanos en el plato giratorio. Para cuando la aguja se ha enterrado en la arteria de la memoria, mi madre ya ha desenvuelto la carne y está armando un estrépito en la cocina con sus sartenes y tazones.

Siempre era una voz masculina. México le imploraba a mi madre. La quería de regreso. México le juraba que no podía vivir sin ella. México lloraba como mujer. México rugía como un toro. Decía que la iba a degollar. Juraba que se moría si ella no regresaba.

Mi madre canturreaba un poco mientras batía su mezcla amarilla.

Mi padre no le ponía atención a la música del fonógrafo. Se estaba volviendo piedra. Se estaba quedando sordo.

Quiero recordar algo que a mi padre le gustaba.

El sabor dulce.

Cualquier cosa con sabor dulce. Caramelos. Garapiñados. Sobre todo la sangre que escurre de las roscas. En La Historia de la Revolución Francesa, Thomas Carlyle escribe sobre el gusto humano por las cosas dulces. Ya que gran parte de la vida es desdicha y tragedia, ¿a quién le sorprende que nos gusten las cosas dulces? Ocurría pues que a mi padre, que hacía dientes falsos, le encantaban las cosas dulces. Y, hasta la fecha, mi padre sigue ignorando las etiquetas de los empaques. Cáncer. Colesterol. Como si la muerte fuera lo más temible de la vida.

Mi madre recordaba la muerte de niña. Cuando una niña del pueblo de mi madre murió, le pusieron un vestido de primera comunión y la acostaron en una cama elevada. Hicieron que mi madre la viera; ignoro si tuvo que besarla, pero lo más probable es que sí, ya que cuando recordaba ese momento siempre había un olor a leche.

Mi madre nunca ha vuelto a ver la muerte cara a cara. Hasta la fecha, cuando acudimos a un funeral, mi madre opta por hincarse en los asientos posteriores de la iglesia.

Pero México se acercaba. Ocurría que algunas personas extrañas –que resultaban ser nuestros parientes– descendían de coches polvorientos, arreglándose los pantalones, alisándose las faldas; llegaban a la terraza y me daban de besos. Vidas enteras salían de la nada y venían a quedarse con nosotros todo un mes (me resulta difícil imaginarme la vida antes de su llegada), y después desaparecían cuando los periódicos vespertinos comenzaban a anunciar el regreso a clases.

Sólo mi tía Luna, la hermana de mi madre, vive en Sacramento. Mi tía Luna está casada con mi tío el de la India, cuyo nombre es un conjuro: Raja Raman. Le decimos Raj. Ellos llegaron al Valle antes que nosotros. Raj es dentista y consigue trabajo donde puede. Los fines de semana viaja a esos pueblos de cobertizos donde viven los campesinos. Sus pacientes son hombres como él –hombres de piel oscura y de países lejanos–, hombres de la India, de México, de Filipinas.

Un domingo de verano mi padre y yo acompañamos a mi tío Raj y a mi tía Luna a Lodi, aproximadamente a 50 kilómetros al sur de Sacramento. En el centro de Lodi había un lago color café donde un grupo de adolescentes rubios estaban esquiando. Nos detuvimos a comer a la sombra de un árbol y después continuamos, atravesando viñedos polvorientos.

Llegamos a una casucha vieja. Recuerdo la mirada en el rostro de mi tía Luna. Mi padre y mi tío bajaron del coche. Debatieron si yo debía entrar con ellos o no. Mi tía Luna se inquietó. “No te asustes con nada de lo que veas”, me dijo. “No es más que una casa donde viven unos hombres”. Ella se quedó en el coche.

El interior de la casa es oscuro. Los vidrios de las ventanas del primer cuarto están pintados. Hay una fila de catres a lo largo de las paredes. Hay varios hombres reclinados sobre los catres. Están vestidos. ¿Están enfermos? Nos miran pasar. Escuchamos el eco de nuestros pasos sobre las duelas de madera.

Detrás de una puerta al fondo de la casa brilla un destello de luz. Mi tío abre la puerta. Un hombre con delantal está mezclando el contenido de una olla.

¡Romesh!

Romesh cubre inmediatamente la olla y besa a mi tío en la boca. A mi padre lo saluda de mano. Después voltea hacia mí y me ofrece un saludo militar: “¡General!”

Romesh era el hermano mayor de Raj. Todas las navidades, cuando Romesh visitaba a mi tío Raj, me decía general. Mi hermano era el coronel. Romesh llegaba con su hermana, “la doctora”. Una vez Romesh se paró de cabeza. Todas las navidades, Romesh y su hermana me daban regalos que o carecían de sexo o eran para niñas. Una vez me dieron un vaso verde; otro año, un collar de perlas. Nunca supe si Romesh representaba alguna amenaza.

Mi tío Raj le ofreció a mi padre trabajo como superintendente de una pensión –como aquella que vimos en Lodi– donde pernoctaban los desamparados.

En privado, mi madre le dijo no, Leo, no lo aceptes.

Mi padre terminó trabajando en el cuarto posterior del consultorio de mi tío en la Calle J, fabricando dientes falsos para varios dentistas. Mi padre y mi tío Raj se volvieron entrañables amigos.

Mis compañeros de clase en la escuela Sacred Heart, que está a dos cuadras de nuestra casa, son de familias con nombres provenientes de Italia y de Portugal y de Alemania. Llevamos nuestro almuerzo en loncheras de aluminio decoradas con escenas de Hopalong Cassidy y de Roy Rogers. Somos un salón de clases americano, pero estamos bajo el dominio de Irlanda, la Isla Esmeralda, la tierra amada. “Nuestra encantadora Irlanda”, como siempre le dicen las monjas.

Durante los calurosos veranos de Sacramento, yo pasaba las tardes en el extenso salón de lectura de la sección de ficción inglesa del siglo XIX. Ahí obtuve una buena idea de Londres y del paisaje inglés. Irlanda no ocupaba un lugar comparable en mi imaginación literaria. Pero, debido a su influencia en mi vida, debí haber imaginado que su tamaño era mucho mayor al insignificante lugar que ocupa en el mapa. Como pupilo de una institución católica, tuve que adquirir el acento irlandés para poder contar chistes católicos, chistes de sepultureros y borrachos y sacerdotes. Irlanda brotaba de la lengua. Irlanda hizo que esos altísimos tallos de letanías de la iglesia se entonaran usando su inflexión. Irlanda poseía humor. Irlanda era omnisciente. Irlanda se colaba por la malla del confesionario.

¿Y tu mamá vino de Irlanda? Las fechas próximas al 17 de marzo, fecha de una festividad católica, mi madre mexicana –esa patriota flotante– comienza a erizarse un poco. “Si ese país es tan maravilloso, ¿por qué lo dejaron?” Pero a veces bromea diciendo que nosotros también somos irlandeses. El apellido de mi madre es Morán. ¿Fue acaso su padre un irlandés negro? Su padre era alto y sus ojos eran verdes como dos hojas. Mi madre dice que había irlandeses en México a mediados del siglo XIX. Pero nuestra familia carece de un árbol genealógico que demuestre o descarte una cosa o la otra. La otra posibilidad apuntaría hacia España, ya que Morán es un apellido común tanto en España como en América Latina. ¿Pudo haber llegado, no por medio de los irlandeses, sino hasta ellos llevado por los españoles: los náufragos víctimas de la armada de Elizabeth?

Cuando mi hermana menor me pidió que le ayudara a escribir un ensayo para una de sus clases (el tema era Irlanda), le dicté una cátedra de trébol sobre el alcalde judío de Dublín, sobre Ed Sullivan, Dennis Day, el alcalde Daley, Carmel Quinn: “Irlanda, madre de todos …”

Mi hermana obtuvo un premio de la Sociedad Hiberniana local por el ensayo. Yo me mofé de ella la noche de la ceremonia porque tuvo que vestirse formalmente para recibir el premio. Mi madre, no obstante, regresó de la velada de un humor excelente. Todo mundo había entrado al recinto detrás de los colores irlandeses: mi hermana, mi madre, mi padre, un grupo de señoras y algunos sacerdotes de cabello blanco.

Cuando el padre O’Neal regresó de su primer viaje a Irlanda, su tierra natal, yo estaba en tercer grado. Convocaron a una asamblea general en la escuela para que pudiéramos ver las diapositivas que había traído: rectángulos de un verde imposible que el ala del avión dividía en dos. Sus parientes se habían reunido y aparecían en las fotos enfrente de blancas casas, saludándonos o posando pasivamente. Mas, detrás de ese cono de luz del proyector, se adivinaba que una insondable tristeza invadía al padre O’Neal, a Sacramento, a la escuela Sacred Heart, tan alejado estaba él de todos esos familiares rostros, de esos entristecidos rostros.

Irlanda era el lugar a donde los sacerdotes ancianos regresaban a vivir con sus hermanas viudas y (algo que nunca se decía) a morir. De tal manera que se les preparaba un gran pastel blanco y se les despedía. Irlanda era la morada de nuestro corazón. Me imaginaba ese país viendo tarjetas del Día de San Patricio: una cabaña, una campana expuesta al viento, el viento en mi espalda, el viento atravesando acolchonadas praderas y las curvas de la carretera que desaparecía en el horizonte.

Entonces Sacramento, mi Sacramento, debió haberle parecido al padre O’Neal un lugar tan plano y tan lejano como lo era África en las películas de los misioneros de Maryknoll. La vida era una jornada lejos de casa, o al menos eso concluí al ver al padre O’Neal detrás del proyector, depositando de cabeza esos cuadritos de memoria.

Mi madre recordaba un viaje en tren a través del desierto mexicano. Su hermano, su único y querido hermano Juan, había venido a California a conseguir empleo. Apenas había ahorrado suficiente, mandó por su madre viuda y sus cinco hermanas. Mi madre tenía ocho años cuando partió de México. Al sacar la cabeza por la ventana del tren, el cabello se le llenó de cenizas, y eso divirtió a sus hermanas.

En el mismo tren viajaban unas monjas disfrazadas con vestidos de algodón. Traían sombrero y guantes. Iban escapando de la persecución religiosa que entonces azotaba a México. Un pastor irlandés les había ofrecido un convento en California. Mi madre les cantó.

En mi versión de mi vida, yo todavía no era el héroe: quizá California lo era, o mi madre. Solía acostarme en la oscuridad e imaginarme viajando en un tren a un lugar distante, a toda marcha, con destino a la edad actual de mis padres. Cuarenta y seis. Cuarenta y seis. Solía imaginar mi futuro como la historia del hijo del minero galés que dejaba su pueblo natal para vivir la experiencia urbana de Londres. Pero yo no provenía ni de Irlanda ni de la India: yo había nacido en la terminal de arribo.

Durante la década de los cincuenta, el horizonte comenzó a poblarse de vallas publicitarias invitando a los americanos inquietos a California. La ciudad de Sacramento de la década de los cincuenta era el final de la Edad Media y Sacramento en expansión era el principio de Londres.

En ese entonces la gente abandonaba sus pueblos y sus nombres de solteras para vivir entre extraños en casas de diseño en serie y Dios respondía a las ambiciones individuales por medio del programa de apoyo para el personal militar estadounidense conocido como el GI Bill. Las carreteras se convirtieron en autopistas. Al preguntarles de dónde eran, las personas respondían que eran de Arkansas o de Portugal. De otro lado.

***

Mi padre fue quien me dijo que un explorador con mi apellido, Juan Rodríguez Cabrillo, había sido el primer europeo en ver la orilla de California subir y bajar desde alta mar. En la escuela una monja irlandesa confirmó el avistamiento. California era el último bastión del imperio español, dijo la hermana. “La Ciudad de México era la capital del Nuevo Mundo”.

México era la tierra natal, la patria antigua. En el sótano de la casa de mi tía Luna yo había visto tambos llenos de cobijas, camisas de franela, vestidos arrugados y cortinas desteñidas, todo con destino a México. México era el lugar a donde se mandaban las cosas una vez que habían envejecido, el lugar donde la tierra temblaba y los edificios se colapsaban y los pacientes ancianos, entre las ruinas, esperaban su nueva ropa vieja.

La asociación de México con lo viejo me repugnaba. En el mapa del salón de clases de la hermana Mary Regis, a México se le identificaba como el MÉXICO ANTIGUO. En mi imaginación, México era una bruja bigotuda acurrucada sobre un tramo de lona arrugada que leía: México Antiguo.

En la Ciudad de México ya había universidades e imprentas, catedrales, palanquines y pelucas aristocráticas mucho antes de que hubiera colonias británicas en Nueva Inglaterra, me dijo la hermana. Mucho antes de que hubiera catedrales o pelucas o palanquines en México ya había indios en California. Tenían el cabello largo. Andaban desnudos. Comían bellotas. Se mudaban de campamento con frecuencia. El libro de texto de quinto grado no recordaba mucho más acerca de ellos. (Se parecían a mí).

A lo largo del lago donde nadan los patos en el Fuerte Sutter había una réplica de un tipi indio, pero del tipo equivocado –del que construían los indios de las Grandes Llanuras–, un trípode cubierto de cuero pintado.

Los indios fabricaban sus canoas con largos pastos plateados atados en forma de gavillas. Los indios de California remaban de un lado a otro en los pantanos del Valle Central que entonces parecía una impresión de caza de patos, decía la hermana, mientras mostraba el cuadro de un triángulo de patos atravesando una aurora rosada.

En el siglo XIX, un explorador español anónimo llegó hasta el pie de las colinas de la bahía de San Francisco. No traía armas, pero lo que sí traía eran nombres, y los repartió a diestra y siniestra, nombrando cada arroyo, cada río. Al valle le puso Sacramento en honor a la transformación sacramental del pan y el vino en el cuerpo y sangre de Cristo. El río, que los californianos posteriormente llamarían Sacramento, el explorador lo había bautizado como Jesús María. Los nombres de santos y vírgenes abundaban a lo largo y ancho de California.

Durante la década de los cincuenta me parecía raro ver que las personas no católicas aceptaran todo eso. Es verdad que pronunciaban mal las palabras. En español la palabra Sacramento tiene un reguilete en medio, una ‘r’ que gira alegremente. La pronunciación del Valle ha aplanado la palabra: ha pisoteado el “sack”. Pero hay que recordar que el Valle era un terreno plano, y Sacramento una ciudad protestante.

A mi escuela se le nombró en honor al Sagrado Corazón, el cual simboliza el fervor de Cristo por su pueblo: un corazón con una válvula abierta, arrojando una llama. A las escuelas públicas se les puso nombres que honraban a hombres estadounidenses del siglo XIX, aventureros y civilizadores, hombres que habían jugado un papel crucial en la novela del protestantismo: Kit Carson, John Frémont, C.K. McClatchy, James Marshall. El nombre más común era el de John Sutter, el fundador de Sacramento. El nombre de Sutter se le dio a dos hospitales, a un bulevar, a un club para hombres enfrente del capitolio, a un parque público, a un club de tenis.

El Fuerte Sutter era nuestro punto de referencia histórico, y estaba enfrente de la nueva tienda de autoservicio Stop’n’Shop, a diez minutos en bicicleta de mi casa. Pero el Fuerte Sutter no me ofrecía misterio alguno. El pasto se podaba cada semana. Durante la semana, el fuerte estaba rodeado de camiones escolares amarillos. No quiero decir que la memoria de Sutter en Sacramento fuera un orgullo puro. Sutter fue un fundador notable por su fracaso. Su historia es una lección en los anales del protestantismo.

Johann Sutter llegó en la década de 1830, cuando California todavía era territorio mexicano. Provenía de un lugar de cielos bajos y azules, de Baviera, de Calvino, de Zuinglio. Cuando Sutter llegó a Monterrey, California, se ofreció ante los funcionarios mexicanos para construir un fuerte en el gran valle, en la cúspide de las colinas de la costa. El fuerte sería europeo –como nombre le pondría la Nueva Helvetia– y serviría como un muro para repeler a los indios. México le otorgó el permiso. Y así, sin pagar un solo centavo, Sutter se convirtió en el gran duque del viento y del pasto, el último europeo de una ópera del siglo XIX.

De joven, y para cortejar a mi madre, mi padre, que era hombre naturalmente tímido, gastaba el poco dinero que tenía en un gesto extravagante: en entradas para la ópera. Cuando mi padre tenía siete años, su madre murió dando a luz a un bebé de nombre Jesús. Mi padre recordaba relámpagos. ¡Cómo había llovido esa noche! Su padre dobló las sábanas empapadas de sangre, las enaguas de su esposa y, con su hijo (mi padre llevaba un farol de mano), salió a enterrar las prendas. Unos meses después, el bebé murió.

Mi padre recordaba el funeral de su propio padre: el ataúd flotando sobre los hombros de los varones del pueblo, como si todo fuese un río que descendía por la colina y desembocara en el cementerio. Mientras el ataúd descendía hacia la fosa, mi padre se acercó y vio los huesos de una mano elevada hacia el cielo. Desde entonces nunca ha dejado pasar una oportunidad de husmear en ataúdes abiertos.

En algunas ocasiones, después de la cena, mi padre nos contaba historias de fantasmas.

“Eso no pasa aquí”, nos decía mi madre, interrumpiendo el cuento como un destello de luz no deseado. “Eso pasa en México. Esas cosas sólo pasan en países viejos. Durante la Revolución la gente enterraba su oro. Y, al morir, tenían que regresar a decirle a sus hijos dónde estaba enterrado el dinero para poder descansar en paz. Pero eso no pasa aquí”.

Los sábados de matiné en el cine Alhambra nos sentábamos en la oscuridad, debajo de gestos cómicos y trágicos, riéndonos de la muerte: nos reíamos del turista patético, de la criatura de la Laguna Negra. Éramos ascendientes de Arkansas y Oklahoma: arquies y oquies; éramos hijos de las Islas Azores. Nuestros padres, nuestros abuelos –alguien lo suficientemente cerca para poder palparle la piel, para susurrarle al oído– había dejado la tragedia atrás. Nuestros padres habían cruzado el río americano, habían llegado hasta Sacramento donde la muerte había perdido su señorío. Para todos aquellos que oteaban el panorama desde la distancia de California, las palabras de los muertos eran como las bocas que se abren y se cierran en las películas mudas.

***

La entrada ceremonial de Sacramento era el Puente Tower, donde un letrero proclamaba que la población de la ciudad era de 139,000 habitantes. Desde el puente se podía ver el capitolio: un pastel de bodas coronado con un domo dorado. Después, a lo largo de seis cuadras, Sacramento anunciaba en vallas publicitarias: LIBERTAD BAJO FIANZA, CUOTAS SEMANALES, CRISTO SALVA. Barrios deprimidos: eso quedaba del pueblo junto al río del siglo XIX, del Sacramento que uno ve en las primeras litografías. Una vista desde el río que data de la década de 1850: árboles jóvenes enroscándose hacia arriba como plumas de caligrafía; aceras de madera; optimistas fachadas de negocios; hoteles; el teatro Eagle.

Fue durante la década de 1950 cuando Sacramento comenzó a darle la espalda a la tierra. Los hombres que trabajaban “para el gobierno estatal” comenzaron a usar camisas blancas de manga corta en pleno centro de la ciudad. Había edificios corporativos, hoteles, senadores. Ese Sacramento me parecía muy distante al de los evangelistas de Oklahoma a los que se les escuchaba en la radio. Excepto por los campesinos mexicanos, sólo en raras ocasiones me tocó ver a alguien con sombrero en el centro.

El progreso urbano de Sacramento durante la década de 1950 –el constante verter de cemento y asfalto– imitaba, a pesar de que lo que intentaba era reducir, el temido reclamo que la naturaleza le hacía a California. Pero durante esa década todavía quedaba bastante naturaleza. Durante las tardes de verano, las casas se volvían intolerables. Tendíamos cobijas sobre el pasto y nos echábamos en ellas: así de cerca estábamos de volvernos indios.

Los días de verano eran largos y cálidos y libres y yo podía hacer con ellos lo que me viniera en gana. Estados Unidos se elevaba, como el pasto, como el calor, como los aviones. Estados Unidos se abría como el abanico de un rociador, o como un libro en verano. Los libros que más me gustaban de la Biblioteca Clunie eran acerca de la juventud y el verano y Estados Unidos: todos sinónimos.

Detesto el verano de Sacramento. Es insípido y aburrido. A pesar de que todavía no es el mediodía, el calor seco de Sacramento amenaza con elevarse por encima de las hojas y llegar casi a 38 grados. Poco después del mediodía, el Céfiro de California atraviesa la ciudad, se detiene por cinco minutos, para el tráfico en la intersección de las calles K y L, y durante esos fabulosos cinco minutos radico en el maravilloso destino de aquel tren. Pero entonces el tren se desplaza, como el telón del teatro Memorial Auditorium, para revelar el escenario familiar de la comedia rural: una estación de tren amarilla.

A pesar de todo, el valle posee algo que me resulta elemental, algo que me permite desplazarme por él con gran soltura: la luz color melón chino, los charcos de sombra en la calle mientras paseo en mi bicicleta. Huele a pasto.

Cuando pienso en Sacramento pienso en el pasto de sus jardines: esos verdes rectángulos espinosos y fertilizados. El pasto de los jardines no es natural al clima de California. Todo mundo sabe que el pasto se arruina si se deja de regar o tratarse aunque sea por una sola temporada. El lugar que había existido antes –antes de ser California– regresaría; un lugar que los indios reconocerían al instante. Los hermosos pastos largos y las hojas verdes de diente de león durante la primavera significarían irremediablemente yerbas lapsarianas, yescas y abrojos al llegar el verano.

Los sábados podo el pasto del frente de la casa. Me arrodillo y detallo las orillas. Después me quito los zapatos y procedo a regar la acera. Aproximadamente al medio día, cuando estoy a punto de terminar, las viejecitas de Sacramento, con talco en las axilas y sombreros de verano, pasan frente a mí y me felicitan “por mantener tu casa tan limpia y bonita. ¿Cuándo vienes a mi casa?”, pregunta una de ellas.

Sonrío porque sé que es importante mantener el pasto en buen estado, verde y lindo. Me importaba que nuestro pasto luciera tan bien como el del resto de las casas de la cuadra. Detrás de la fachada americana de nuestra casa, el problema era Irlanda. El problema era la India. El problema era México.

México orbitaba en torno a la memoria de mi familia en forma de pequeñas esferas que supuraban congoja, cuentas de rosario que giraban bajo el peso aplastante de los dedos de mi madre. México. México. Mi madre decía que en México había rascacielos. “No juzgues a México en base a la gente pobre que ves llegar a este país”. En México había rascacielos, pirámides, gente rubia.

México llama por teléfono; llamada de larga distancia.

“¡Mataron a Juanito!”

Mi madre pega un alarido, deja caer el teléfono en la oscuridad. Le grita a mi padre. Quiere que prendan las luces.

Un cuervo desciende y se para en un cable, inclina y levanta la cabeza, se picotea el plumaje y se saca las pulgas, inspecciona el panorama, la nube de ácaros, con ojos parpadeantes, después se sumerge en el aire lácteo y se aleja.

En México la tierra se sacude. El peso flota como paja por el viento. El jefe de la policía le compra a su amante una residencia en una colina.

Suena el timbre.

Recorro las persianas y veo a las tres monjas en la puerta. Mamá. Mamá.

El monseñor Lyons ha enviado a tres monjas mexicanas a conocer a mis padres. Las monjas han venido a Sacramento a pedir por México en la misa de las once de la mañana. Somos la única familia del área que habla español. Conforme entran a nuestra sala, percibo un olor puro, que no es dulce, es puro, como de veladoras o ropa recién lavada.

La monja del bigote negro suspira al final de cada historia que las otras cuentan: un huérfano; un leproso; muletas; un tuerto; un ataúd.

¡Qué gran pena!

“Algún día tú irás allá”, decía mi madre. “Algún día irás y con toda tu educación serás ‘Don Ricardo’. Todas las muchachas te seguirán”. Por arte de magia, al regresar a México seríamos ricos: tal era el tipo de cambio. Nuestra fortuna se multiplicaría por nueve, como la edad de los perros. Seríamos ricos y felices en México.

***

Lo que mi padre recordaba de México eran los aspectos draconianos, el rostro masculino: el bigote partido sobre las falsas promesas de la ciudad.

“¿Qué hay que extrañar?” Mi padre se inclina sobre el mapa de México que he abierto sobre mi escritorio.

“Cuéntame algo sobre tu pueblo”.

“No está en el mapa”. Su dedo se desplazaba a través del desierto, borrándolo todo.

“Dime los nombres de tu familia, Papá”.

Mi padre fue huérfano en México. Para él, el México privado, el rincón femenino, jamás existió. Desde los ocho años mi padre trabajó para algunos parientes ricos; fue un niño pobre a quien un tío tuvo que tolerar. Recuerda a una prima adolescente que se acostaba al ponerse el sol y pasaba toda la noche llorando. Y las tías, tías jóvenes con el cabello hecho bollos esponjosos; tías viejas cuyo cabello se había marchitado y era un diminuto bollo seco. Mi padre no aparece en ninguna de las fotografías que ha almacenado en una caja de puros en el clóset.

La familia era prominente, conservadora, católica en tiempos de ira: los años de la persecución anticatólica en México. Mi padre vio a un sacerdote muerto meciéndose de la rama de un árbol. Mi padre recordaba a un sacerdote escondiéndose en el desván de la casa de su tío. Mi padre escuchó los vítores de las multitudes al paso del soberbio general. Mi padre recuerda a algunas de las personas preguntándose unos a otros cuál general era ese que pasaba, qué general estaba por pasar.

La iglesia era el hogar de mi padre; sus padres estaban en el cielo; el horizonte era el hogar de mi padre. Mi padre creció cerca del mar, soñando con algún día zarpar muy lejos. Un día escuchó a un marinero jactarse de Australia y decidió irse para allá.

La mano de mi padre reposa sobre el mapa, sobre un continente solitario, varicoso, sin amarras. Su pueblo natal estaba tan cerca de Colima que, durante sus noches de infancia, le tocó ver el novedoso resplandor de la luz eléctrica de Colima en lugar de las estrellas. Colima, la capital del estado, ya ha crecido bastante (ya tiene una estrella en el mapa). ¿Quizá el que fue su pueblo ahora no sea más que un suburbio de Colima?

Se limita a encoger los hombros.

Mi padre fabricaba dientes falsos para el doctor Wang. La señora Wang era la recepcionista, y se sentaba en una mesa vacía en un cuarto igualmente vacío. El padre del doctor Wang, un anciano chino, subía las escaleras ocasionalmente para regañar a su hijo y a su esposa en chino.

Es gracias a mi madre que vivíamos como americanos de la clase media. Y es gracias a mi padre, y a mi tío de la India, que acudíamos a bodas chinas en los grandes sótanos de los restaurantes del centro de la ciudad, cerca de la estación de autobuses. Nos sentábamos con cientos de personas, pero en la parte posterior del casino. Usábamos tenedores. Cuando el mesero se acercaba y, sin previo aviso, dejaba caer esos tambaleantes postres color rosa sobre nuestra mesa, mi madre alejaba mi plato. “Terminaremos en casa”.

Mi padre y mi tío trabajaban con personas que estaban fuera de lo convencional. Conocían a un doctor negro bien parecido que se sentaba a solas en su consultorio de un barrio bajo leyendo el periódico en su silla, como si fuese un peluquero.

A Sacramento estaban llegando miles de personas al año, personas que huían de los tanques de Hungría, personas que huían de las deudas de sus padres o de los fantasmas de sus padres o de la mirada de sus padres.

Una de mis tías fue de visita a México y, al regresar, le dijo a mi madre que al escalón de madera –el primero– de su antigua casa cerca de Guadalajara todavía le faltaba un clavo, ¡después de treinta años! Esto les causó gracia.

Mi padre se abstuvo de hacer comentario alguno. Esa era su mejor manera de expresar admiración por Estados Unidos.

Acabamos de comprar nuestro bello DeSoto azul usado. “Nada dura cien años”, me dice mi padre, refiriéndose al DeSoto de la misma manera que se refiere a cualquier otra cosa. Es un consejo que siempre repite. Cuando estoy sentado cómodamente viendo la televisión o leyendo la revista Time, mi madre me ordena que saque la basura. ¡Ahorita! Mi padre se asoma por encima de su periódico y lo dice: nada dura cien años.

La revista Holiday publicó un ensayo de Joan Didion sobre Sacramento. El ensayo, una elegía al antiguo Sacramento, era acerca de las viejecitas fantasmales que se sentaban en las verandas del Hotel Senator y acerca de sus esposos, los dueños de la tierra que estaban negociando la venta de la tierra. El Sacramento de Didion no tenía nada que ver con el mío; familias como la mía presagiaban la desaparición de aquellas. Se me dificultó tanto saber de qué se trataba el ensayo que lo único que pude rescatar fue el hecho de que una revista de difusión nacional hubiese tomado en cuenta a Sacramento.

Cuando Sacramento aparecía en las páginas de la revista Time, siempre me daba cuenta de que los editores incluían la nota aclaratoria Calif., que a mí me sugería un recordatorio del estado mental de Nueva York. Nosotros no éramos nada. Y aún así, aquel califato se había dignado a redimirnos. La vida de mis padres en California era harto distinta de lo que el destino les hubiera deparado en México. Respirábamos su aire, comíamos su cereal, tomábamos sus refrescos, nadábamos en sus albercas.

California le sorprendía y le interesaba a mi padre. Le resultaba interesante el hecho de que Sacramento siempre se estuviera reparando. Apenas se fundía una luminaria, se abría un bache, se quebraba la rama de un árbol, y alguien del “ayuntamiento” ya venía en camino a repararlo. Los gringos siempre están listos para arreglar las cosas, decía mi padre.

Cuando estaba en la preparatoria trabajé como repartidor de la empresa de luces Hobrecht Lightining Company. Entregaba cajas de lámparas en las casas nuevas al norte del río.

Recuerdo una vez que estaba parado afuera de una casa cerca de Auburn, esperando que el contratista llegara con la llave. Estaba parado en el lugar que sería el jardín trasero. El viento de marzo soplaba desde los campos y me lamenté la pérdida de la naturaleza, de los campos, de la distancia transparente.

Y sin embargo, California era algo elemental para mí y no podía lamentarme de California más de lo que podía lamentarme de mí mismo. No me refiero a la California muerta de los españoles y de los llamados forty-niners, y de la abuela de Joan Didion, sino a la California de Kodachrome, de CinemaScope, del autocine: las autopistas y las nuevas ciudades, los brillantes banderines de plástico y reguiletes anunciando subdivisiones de casas; cientos de casas; casas donde solía haber campos. Abrieron un centro comercial en Arden Way y nosotros fuimos los primeros ahí. Ansiaba las cosas que anunciaran TODO-NUEVO, y COMPLETAMENTE-ELÉCTRICO, VASOS GRATIS y FRESCO EN EL INTERIOR y ESTAMPILLAS VERDES DOBLES, SIN ENGANCHE, MIENTRAS USTED ESPERA, TODO LO QUE PUEDA COMER.

En un café –abierto 24 horas al día, 365 días al año– aprobé la acción de una mesera que, con un ágil trapo en mano, podía borrar todo indicio de historia.

Durante los años que pasé ahí, Sacramento soñó con su propio desarrollo. En cuestión de meses se proponían nuevos planes para transformar la calle K del centro de la ciudad en zona peatonal y recuperar una sección de los barrios deprimidos y convertirlos en “el pueblo antiguo”. El diario Bee publicaba bosquejos del futuro carnaval: una extensa calle repleta de cafés al aire libre con rótulos y nubes y árboles que eran también nubes y señoras elegantes con bolsas y brazos extendidos, deteniéndose en aceras hechas de vidrio.

Después de algunos años, el futuro se había materializado. El Antiguo Sacramento se convirtió en una cuadra de boutiques; en la Avenida Capitol se construyeron algunos edificios de cristal; y, en la Calle K, que se volvió zona peatonal por varias cuadras, se construyó una fuente de concreto y se instalaron bancas donde los borrachines se tiraban a echar una siesta bajo el sol.

Pero olvidémoslo. Olvidemos que el futuro no siempre cumplió el sueño que Estados Unidos tenía de sí mismo. Yo nací en Estados Unidos, en su fe protestante que le apostaba al futuro. Iba a ser arquitecto y a participar en la construcción de la ciudad. El único obstáculo en el camino era la sonrisa de mi padre.

No era contra mí: su sonrisa hacía mí era amorosa. Pero detrás de esa sonrisa estaba la sabiduría. Mi padre sabía desde entonces lo que casi todo mundo sabe ahora: que la tragedia triunfa, que el talento es una farsa. Consciente de esto, mi padre permanecía afable y firme. Si hay algún problema, si hay un pájaro muerto por recoger o si alguna viejita se desmaya en la iglesia, lo mejor es que mi padre esté presente. Cuando mi madre quiere que el agua se vuelva vino, le basta codear a mi padre, pues él sostiene el mundo.

Mi padre sigue siendo mexicano en California. Mi padre vive bajo la doctrina, bajo el mismísimo árbol del pecado original. Son tantas las cosas en la vida que terminan en fracaso o compromiso. Me comparo con él y concluyo: de tal palo tal astilla.

Por varios años durante la década de los cincuenta, cuando algún niño de la familia hacía la primera comunión, todos íbamos al Fuerte Sutter a tomarnos la fotografía oficial. El muro de John Sutter para repeler a los indios se vuelve un hito para los vivos, un lugar fijo que marca el progreso de los hijos de mi madre. Posamos frente al fuerte, frente al muro blanco. Una de mis hermanas trae un vestido blanco y un velo y una diadema de aljófar. O, cuando el que hace la primera comunión es un niño, uno de nosotros se pone una camisa blanca, pantalones blancos y una corbata roja. El sol nos hace fruncir el ceño. Mi padre está ausente en todas las fotografías.

El valle de Sacramento estaba destinado a ser la Renania de John Sutter. Se había imaginado un pueblo erigiéndose de su obra –un pueblo, había decidido, que llevaría su nombre– Sutterville. Sutter imaginó que podía volver a inventar la historia. Pero en las ciudades del este, como Boston y Filadelfia y Nueva York, los estadounidenses estaban concibiendo la simetría. Estaban desenrollando mapas y sosteniéndolos con pesas que caían sobre el Océano Pacífico. Nuevas personas –americanos– estaban asentándose en territorio mexicano.

Las raíces de los olmos ya habían agrietado las aceras.

Mi padre sonrió.

Al examinar mi vida como niño mexicano creciendo en Sacramento, lo primero que recuerdo es la sonrisa de mi padre, su dulzura, su introspección, el peso de su sobriedad. El aspecto más poderoso de México en mi niñez no fue, como quizá alguien lo imagine, el idioma ni el color de piel, sino la sonrisa de mi padre. La sonrisa de mi padre parecía ser más antigua que cualquier cosa en mi entorno. Más antigua que el Fuerte Sutter.

 ***

Los sacerdotes eran optimistas. Eran constructores y golfistas; tomaban whisky. Bramaban su latín. Conducían a alta velocidad en coches oscuros. Vestían camisas hawaianas para atenuar la tragedia. Los sacerdotes habían pasado su adolescencia en seminarios oscuros y pulidos, perdidamente enamorados y tan viriles como el México de mi padre. Los sacerdotes vestían faldas. Los feligreses les regalaban toallas de manos con cruces bordadas, o juegos de plumas con clips en forma de cruces, o pañuelos con pequeñas cruces en los extremos o bloques de hojas con impresiones de un par de manos en plegaria. Los sacerdotes contaban chistes para ocultar la vergüenza de tener que recibir dichos presentes; contaban chistes para ocultar la vergüenza de tener que recibir el diezmo; contaban chistes para ocultar la vergüenza de la vida, pues ellos poseían el poder de perdonar los pecados.

Las monjas eran pragmáticas. A ellas no había nada que las avergonzara. Las Hermanas de la Misericordia me enseñaron cómo confiar en mí mismo. Cuando llegué a su aula, sin hablar inglés y sin el menor deseo de hablarlo, las monjas comenzaron a elegirme de manera metódica. Me hacían hablar enfrente de la clase. No me daban tregua; más bien me hacían hablar más fuerte, Richard, ¡más fuerte! Ahora recuerdo a esas mujeres, enormes silos cubiertos de lino, inclinándose de un lado a otro, mostrando sólo el rostro; muchachitas de pueblo, hijas de Irlanda. Ellas fueron mi vínculo entre México y Estados Unidos, entre el oscuro escepticismo latino de mi padre y el ingenuo cerezo del imaginario protestante.

La única excepción a la regla de la confianza en uno mismo en la escuela se daba a la hora de la clase de religión. Todos los días al principio de clases, después de la “Ofrenda Matutina”, después del Juramento a la Bandera de los Estados Unidos, nuestros jóvenes corazones se zambullían en el frío baño de Irlanda. Por cincuenta minutos la vida se volvía sal y un valle de lágrimas. Nuestra galería, nuestra historia, nuestra geografía era Irlanda. La historia del hombre era la historia del pecado, la cual no podía superarse con algo como la Declaración de Independencia. La tierra estaba gobernada por relojes y botellas y grandes cargas. La tierra estaba plagada de ruedas y cascabeles y suspiros y muerte. Todos moriríamos. El cielo era una bendición eterna. El cielo era un reino de gracia resplandeciendo por encima de la ciudad en la colina y por encima de las grandes mansiones de la ciudad. La tierra era Irlanda y el cielo era Irlanda. La daga incrustada en el corazón de la virgen era el dolor por la pasión de su hijo. El sangrante corazón de Jesús era la aflicción por el pecado del hombre. Cristo había instituido la iglesia –el sacerdocio, los sacramentos, la misa– y el hombre requería de toda esa constante intervención de los santos y de la ayuda especial de la virgen María para no desviarse del camino del bien. Por sí solo, el hombre estaría perdido y erraría por el mundo, como el pagano César o como Enrique VIII.

A las 9:30 comenzaba una nueva clase. Entonces nos ejercitábamos en ambiciones más mundanas –ortografía, lectura, redacción– con el fin de prepararnos para ser adultos en la comedia estadounidense. Las monjas nunca reconciliaron el rostro de la tragedia y la comedia, y nunca sintieron necesidad de hacerlo.

A los niños de Sacramento se nos enseñaba a decir, “Recuerden el Álamo”. ¿Pero qué había que recordar?

El Cuatro de Julio había desfiles a lo largo de la calle Broadway para los cuales se reclutaba a clubes ecuestres de empresarios rubios vestidos con pantalones ajustados, como señores españoles, junto a sus damas, montadas a la amazona, sobre la espalda de hermosos palominos. Eran hombres que habían estado en la guerra en Asia y Europa, la mujer que había perdido al amor de su vida: todos saludando a las multitudes. El pasado era algo que resplandecía en el sol o el pasado era algo que se preservaba del sol, como los cuartos de adobe del Fuerte Sutter.

Mi padre murmura algo acerca de las intrigas de los masones en México.

Pero eso sólo pasa en México, Papá.

La mayoría de los niños de mi edad en Sacramento traen gorras de piel de mapache cuando mi padre me cuenta cómo Estados Unidos le robó todo el actual territorio del suroeste estadounidense a México, cómo murieron los americanos en el Álamo para hacer de Texas un estado donde pudiera existir la esclavitud.

La versión de los Estados Unidos es diferente.

Los domingos por la noche nos sentamos a ver el show The Ballad of Davy Crockett. Al principio el programa le interesa a mi padre. Los mexicanos que aparecen alrededor del Álamo de Walt Disney son bufones con tirantes blancos atravesados a media barriga. Mi padre vuelve a su periódico.

 ***

Exactamente al medio día de una despejada tarde de invierno, California será oficialmente el estado más grande de la nación, lo cual significa que será el más poblado. El gobernador Edmund “Pat” Brown quiere que haya un gran estrépito: sirenas de bomberos y de fábricas; quiere que los coches toquen el claxon, que las campanas de las iglesias repiqueteen y que todos juntos detonen la hora de nuestra celebridad numérica. El triunfante conteo burocrático cambiará a California para siempre.

La iglesia del Sagrado Corazón en Sacramento no tiene campanas. No tiene campanas que puedan repiquetear: nada cuelga de este transparente cielo azul. Hay una torre de ladrillo, un campanario, un hueco de aire. Cuando se construyó la iglesia, la primera queja de los vecinos fue sobre las campanas. Así que las campanas nunca sonaron en la iglesia del Sagrado Corazón.

Cinco para las doce: la monja irlandesa se para frente al pizarrón. Tat. Tat. Tat. Un trazo. Tat. Tat. Tat. Hago un esfuerzo para escuchar los ruidos de afuera. No se escucha nada más allá de la marea del tráfico de la calle H. La cadena de la pelota atada al poste elevándose en el viento, después cayendo hasta estrellarse contra el poste. Clank clink. Clank clink. Exactamente a las doce se escucha un arrastrar de sillas al levantarnos a rezar el “Angelus” (El ángel de Dios llegó y le dijo a María…).

A unos 160 kilómetros, el hijo del gobernador también estaba recitando el “Angelus”. Edmund G. Brown Junior. –Jerry Brown– era seminarista en Los Altos; se estaba preparando para ser sacerdote. Veíamos su fotografía en los periódicos todos los años, la fotografía del árbol de navidad de la residencia del gobernador: un joven de ojos oscuros, vestido de negro.

En veinte años Jerry Brown asumiría el puesto de su padre. El ex-seminarista exponía los límites, su credo se había marchitado y ahora era “lo pequeño es bueno”, eslogan popular en la década de los sesenta. Así como John Sutter Junior, Jerry Brown había desmantelado el gran optimismo de su padre.

“Aquí comienza la tragedia”, susurra la hermana Mary Regis. “La rueda de la fortuna rechina cuesta abajo hacia una palabra sepultada por siglos en el fondo de un riachuelo…”

La monja irlandesa, una dama sin nada en común con los oriundos del Rin, ensaya la parábola protestante para su clase de quinto grado. John Sutter envió a uno de sus hombres, James Marshall, a construir un molino al pie de la sierra. Fue en enero de 1848. En las cristalinas aguas del río invernal (aquí la hermana se levanta las faldas, se tapa los ojos con la mano; sus ojos parecen escudriñar el linóleo), Marshall ve un destello. “Parecía el prendedor de una dama”.

En la mañana, o la siguiente mañana, o la siguiente, Sutter envió a varios de sus hombres para ver si podían encontrar más. Sutter quería que fuera un secreto. Pero varios comerciantes de la región se encargaron de llevar las noticias hasta las colinas de San Francisco. Y así, en cuestión de semanas, el reino de Sutter –el reino que la Providencia le había destinado a John Sutter– se perdió en un arrebato de anarquía. Le robaron su ganado, sus caballos. Y su fuerte –ese plácido rectángulo de tierra asentado en un océano de pasto–, su fuerte quedó aplastado ante el inexorable paso de los hombres que habían escuchado aquella mística palabra en voz alta.

ORO.

Se escuchaban historias. Personas que saltaban del sillón del dentista cuando veían entrar a mi tío Raj. “¡Ningún negro va a meterme los dedos en la boca!” Vivir en Sacramento, el coche verde-oscuro, el pasto verde, la gran casa verde en la calle 45: todo tenía un alto precio.

Mi tío Raj tenía tres hijas. Él quería un hijo. Yo coqueteaba con él. Todas las navidades le pedía que me regalara los juguetes caros que mis padres no podían comprarme. Yo quería un circo en miniatura. Un regimiento de caballería.

Mi tío me decía Coco.

El hijo de Sutter heredó las ruinas del sueño de su padre. John Sutter Junior fue comerciante y no terrateniente. John Sutter Junior supo ver las ventajas del comercio y estableció un pueblo a lo largo del río, tres kilómetros al oeste del fuerte de su padre. John Sutter Junior propuso que al nuevo pueblo al lado del río se le pusiera el viejo nombre español del valle: Sacramento. La Ciudad de Sacramento floreció mientras Sutterville –que John Sutter se había imaginado como un pueblo fecundo, salpicado de torres, como la bendecida ciudad de Génova– Sutterville se secó y murió.

En mi cuarto tracé planos visionarios. Habría un inmenso parque acuático que estaría situado en la ribera y, por encima, un letrero de luces neón con la figura de un clavadista arrojándose al río. Habría un bote con luces navideñas y un teatro donde se ofrecerían cenas antes del espectáculo. (Recientemente la película Show Boat se había filmado cerca de Sacramento.)

Lo que Sacramento recordaba no era el éxito del hijo, sino el fracaso del padre. John Sutter abandonó su fuerte y se retiró a vivir en una granja. Poco después abandonó California para siempre. Sus restos descansan en Pensilvania.

“…una víctima de la fortuna súbita”, afirma la monja irlandesa.

Esa misma era la valoración que Sacramento había hecho sobre la vida de Sutter. Es cierto que la ciudad le debía su combustión a la llamada Fiebre del Oro. Pero, cuando después de unos cuantos meses la vena de la anarquía se había agotado, Sacramento llegaría a valorar la tierra como su verdadera gracia divina. Sacramento se convirtió en un gran campo de cultivo, el más grande del valle central.

Hacia finales de agosto el aire se volvía fétido. Decía la gente que los agricultores estaban quemando la maleza –siempre había esta especulación acerca de los vientos cardinales– de la misma manera que decían “polvo de turba” en marzo o “fiebre del heno” en mayo o “alfalfa” en el verano.

John Sutter les sirvió de recordatorio a varias generaciones de granjeros que vivían de acuerdo a las temporadas (lecciones de crecimiento lento y recompensas diferidas en la iglesia baja). Su caída fue abrupta, una lección adecuada para la educación moral de generaciones de adolescentes de la planicie: muchachitos de pueblo que llegaban a la feria estatal de Sacramento cada agosto. Veíamos sus fotografías en el Sacramento Bee: muchachos provenientes de Manteca o de Crow’s Landing, con sus uniformes 4-H almidonados, sosteniendo listones en forma de girasol sobre la cabeza de las bestias destinadas a morir.

Después de salir del trabajo, mi padre y mi tío Raj se iban juntos a casa en el nuevo coche verde del tío Raj: el mexicano y el indio. Se sentaban en el carro y dejaban el motor andando.

“Ve y dile a tu padre que ya se venga a la casa”, me decía mi madre.

Sólo pude informarme de fragmentos de la historia; el resto estaba en un estante demasiado elevado para mí. Mi tío Raj se había metido en no sé qué tipo de política. Una vez había llevado a mi padre a una “reunión” en San Francisco.

Eso era lo único que yo sabía. Eso y la conversación telefónica de mi madre que una vez había escuchado. “Tenemos miedo de que Leo solicite ese trabajo. Es posible que haya algún antecedente”.

Como todo mundo sabía, a mi padre le hubiera gustado trabajar para el servicio postal. Pero nunca solicitó ese empleo del gobierno federal.

Al lado de las copias de Time y Saturday Evening Post, que reposaban sobre la mesa de caoba en la sala de espera del consultorio de mi tío Raj, había folletos “internacionales”.

¿Era comunista mi tío Raj?

Los comunistas eran ateos. Raj era católico. Se había convertido al casarse con mi tía. Iba a misa todos los domingos.

Una tarde un vendedor de artículos para dentistas –maletín de muestras y sombrero en mano– se detuvo en la sala de espera con mi tío Raj. Iban a ser las seis. Yo estaba hojeando una revista. Mi padre estaba sacando la basura. Se podía escuchar el bote de basura rebotando en los escalones. El hombre atravesó hasta la mesa que estaba enfrente de mí, tomó un puño de folletos y se agachó a echarlos al bote de basura que mi padre acababa de vaciar. “Vamos tirando estas cosas, doctor Raman”. Su tono no era amigable, pero sonrió. “Mi lema es: para qué buscarse problemas”, dijo al ofrecerle la mano al tío Raj. Mi tío Raj sólo adivinó a voltear la vista hacia el bote de basura.

¿Había confabulado contra el paraíso mi tío Raj?

El perímetro de los ojos del tío Raj comenzó a nublarse. Escuché decir que tenía una afección cardiaca. Escuché decir que temía que lo deportaran. Mi tío había tenido algún problema con la agencia de inmigración. Hubo un proceso.

Mi tío pegó una calcomanía de Adlai Stevenson en la defensa trasera de su nuevo coche verde.

Había tardes en las que el corazón se le tensaba como un puño al pensar que podría perder California. En el cuarto posterior del consultorio de mi tío había un sofá color vino y, sobre el sofá, una pintura de una mujer rubia que paseaba a un leopardo amarrado con una correa. En ocasiones mi tío se echaba debajo de la pintura. Cuando eso ocurría, mi padre le aplicaba compresas tibias en la nuca.

Raj había llegado en barco desde Bombay cuando era niño. Ahora Raj odiaba el océano. El océano arremolinado era una de las funciones de la Agencia de Inmigración y Naturalización. No había duda que el océano se lo llevaría de regreso a la India.

¿Qué era la India, me preguntaba, sino otro México? Había indios en ambos lugares. El Libro de la Enciclopedia Mundial decía: “Las vacas pasean libremente por las calles de Bombay”.

***

Mi madre recordaba México de niña. Recordaba el sabor de la nieve mexicana: más cremosa que la de aquí. Recordaba sus recorridos alrededor de la plaza por las noches con sus hermanas, las noches cálidas de Guadalajara. Recordaba una casa –una dirección– sombras altas proyectadas sobre un muro dorado. En México su madre hacía encajes para vender, y parecía que tomaba los patrones del viento con los dedos, y los encajes caían, como copos de nieve, a través del tiempo. Mi madre guardaba una bolsa de celofán llena de encajes en un cajón de la cocina. Sacaba la bolsa para mostrárnoslos, desdoblando los encajes tiernamente como si fuesen telarañas. Las mujeres mexicanas son mujeres de verdad, decía mi madre, acariciando una carpeta bordada que había desplegado sobre la mesa. Pero la belleza del encaje le causaba ansiedad. Nos confesó que nunca había querido aprender a hilvanarlo.

Ah, pero Juanito, el hermano de mi madre, era tan alto como un árbol, tan fuerte como un árbol, de ojos sombreados. Y una vez la gente le lanzó monedas a mi madre cuando bailó sobre una mesa con botas altas, echando la cabeza hacia atrás como un poni al escuchar su apodo: Toyita, Toyita; recordaba la letra de la canción. Ah, no hay canciones de amor como las canciones de amor mexicanas. Este país es seco, como el pan tostado, decía mi madre. Como México no hay dos, decía, lengüeteando el néctar de la memoria.

Mi padre es un hombre de casi de la edad del siglo. De niño vio el cometa Halley y medía su vida a partir de esa experiencia. Dijo que viviría para ver el retorno del cometa y ahora ya ha superado su regreso. Mi padre comprende que la vida es igual de sorprendente que decepcionante. Partió de México casi a los treinta años con destino a Australia, y terminó en Sacramento vistiendo una bata blanca, en un cuarto blanco, rodeado de anaqueles llenos de dientes falsos que le sonríen constantemente. La ironía no tiene poder sobre mi padre.

Nuestra última casa estaba ubicada en la calle “Eye”, enfrente de un antiguo cementerio. Era un cementerio sin ningún recuerdo en particular. Una vez al mes, los empleados del ayuntamiento cortaban y regaban el césped del panteón. En el cementerio no había pergaminos ni barandales; no había lugares donde dejar flores. Había placas de granito a ras de suelo. Fechas lejanas. Nombres solitarios. Hombres. Hombres que habían llegado a California en sus etapas iniciales y habían muerto muy jóvenes.

Cuando Sacramento se vio en la necesidad de utilizar el terreno para construir una escuela en la década de los cincuenta, la nueva preparatoria Sutter Junior, no hubo ningún nieto ni nieta que llegara a reclamar los restos que ahí yacían. Un muro de triplay se erigió en torno al cementerio y, dentro de ese velo discrecional, las máquinas excavadoras comenzaron a avanzar y a gruñir, sacando montones pilosos y húmedos de lo que alguna vez había sido la luz del día; después llegaron camiones de remolque y se lo llevaron todo.

A principios de noviembre una espesa neblina se eleva del fondo del valle. A mi padre le sienta bien este antiguo clima que le recuerda el mar. Esta mañana mi padre está silbando mientras revuelve un par de huevos. Mi madre se aleja de la ventana, levantándose la bata de baño hasta el cuello. Yo estoy sentado en la mesa de la cocina. Tengo dieciséis años. Le estoy poniendo leche a mis Zucaritas, viendo cómo se eleva la leche en el tazón. Mis padres se van a morir. Yo me voy a morir. Todas las personas a las que conozco algún día se van a morir. Mientras mi madre se sirve café, el perico azul al que le ha enseñado a decir “muchacho bonito” se balancea en su pequeño trapecio.

Ya no recuerdo el frío. En mi memoria Sacramento es un perpetuo verano; el árbol de chabacano del patio está lleno de frutos; el cielo está templado y es tan blanco como una carpa.

Un verano, mi tío era un hombre apuesto. Su piel estaba más oscura que México. Su piel tenía matices. Era azul. Era negra.

Cuando tenía siete años, mis primas me echaron al lago en Lodi y, de todas las islas a las que podía nadar, elegí la de mi tío. Sus ojos eran negros y crecieron tanto por la sorpresa que en ellos se reflejó el humor del agua. Sus pezones eran azules y sus negros y mojados vellos le escurrían por enfrente y flotaban en el agua al nivel de su cintura.

En nuestro álbum familiar, Raj todavía me toma de los pies y me levanta. Yo me entrego plenamente a mi abandono y veo los árboles girar en torno a mí. Mi tía se aleja de la cámara con los ojos apenados.

“No, Raj; bájalo por favor”.

La comedia y la tragedia se mezclaron cuando tenía dieciséis años. Mi tío murió.

Mi tío Raj estaba extrayendo una muela. Apenas había comenzado a apretar la pinza; el agua se arremolinaba en la escupidera (en el cráneo del paciente el atroz rechinido, como una piedra sepulcral) cuando mi tío comenzó a sudar.

“Creo que no podré terminar…”

La pinza se estrelló contra la bandeja de metal.

El grito de la recepcionista hizo que mi padre llegara corriendo desde el laboratorio todavía secándose las manos con una toalla. Mi padre colocó la toalla bajo la cabeza de mi tío. Y ahí, recostado sobre el linóleo verde oscuro, mi padre le tomó la mano a mi tío, y le ayudó a zarpar apaciblemente en el océano.

***

Años después, recordándolo como un niño en su lecho de muerte, la monja le escribiría a su antiguo alumno de quinto año: “Reza por mí”. Antes de morir, la hermana Mary Regis me envió una tarjeta postal de prosa madura y elegante. En ella me dice que no podrá acudir a la conferencia que estaré impartiendo en Sacramento, pues padece “una enfermedad crónica”. (Se está muriendo de cáncer).

“Pide por mí que yo pido por ti. ¿Te acuerdas que siempre traías un cuaderno y hacías miles de preguntas?”

La misma pregunta: ¿Quién tenía razón: el niño que quería ser arquitecto o su padre que sabía que la vida no es más que desilusiones y reveses? (¿El encogerse de hombros del padre es más verdadero simplemente porque viene después de la ambición del joven?)

***

En México mi padre era tan libre como las palomas. Recaía en él convocar la aurora. Todas las mañanas, a las cinco y media, mi padre subía los cuarenta escalones del campanario para tirar de las cuerdas que desataban las lenguas de dos campanas regordetas. Mi padre era el huérfano del pueblo, y despertar a sus habitantes y ver el pueblo volver a la vida era su obligación y su fervor y su diablura: las piadosas viejecitas encorvadas dirigiéndose a misa; los jóvenes a labrar el campo; el mar eterno.

Rights held by Richard Rodriguez. Contact Georges Borchardt, Inc. for permission to copy

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